La emoción fue generalizada tanto en niños como papás y, a medida que se internaban en aquel bello paisaje donde todo estaba cubierto de nieve, la alegría, curiosidad y asombro empezaron a inundar los rostros de aquellos pequeñitos que allí se reunían.
Los juegos fueron brotando espontáneamente. Surgieron así paseos en trineos, las famosas guerras de bolitas de nieve, muñecos creados a su imaginación y un sinfín de actividades que empaparon el ambiente de camaradería. Lo anterior fue complementado con instrucciones básicas sobre deportes desarrollados en ese ambiente tales como esquí, snowboard y otros, despertando de inmediato el interés de los niños por estas disciplinas.
Sin duda, este paseo fue mucho más que eso. Fue una instancia de aprendizaje, de acercamiento y cuidado frente a la naturaleza, pero por sobre todo, una instancia en que se reforzaron los vínculos de unión y solidaridad entre los niños y los apoderados.

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